sábado, 31 de agosto de 2013

Sobre la importancia de ser escéptico y crítico.



Vivimos en una sociedad compleja, muy compleja cuyas soluciones a problemas resultaban altamente difíciles de abordar. De nada sirve ya declararse de izquierdas o de derecha, cuya mentalidad tanto en una u en otra ciega a la persona en un túnel estrecho y angosto donde el final no da ni dará ninguna solución. 

A mi forma de entender la realidad, la mera observación de la sociedad me confirma que el 1% de la población explota al resto 99% de ella. Es fácil llegar a esta conclusión pero no tan fácil es ver la línea divisoria que marca al dueño y al esclavo. No hace apenas 200 años el poder coercitivo del Estado Burgués se manifestaba abiertamente. Quedaron a tras para no volver la explotación abominable de la Rusia de Stalin, la China de Mao o los inicios marcados por la esclavitud del antiguo y nuevo continente.
Ahora, debido quizás, a un auge y desarrollo del intelecto de la población fue necesario enturbiar las aguas, una estrategia inteligente donde el enemigo te da los palos y de los cuales al no saber bien quien te los da, tu no puedes defenderte.

Pero no será hoy el día que me dedica a escribir lo poco que sé sobre desigualdades sociales, yo venía a escribir sobre un texto que leí hace varios años y hoy sin saber muy bien por qué ha llegado a mi cabeza. El texto decía algo tal que sigue.
Un grupo de científicos imaginarios, introducen a tres monos en una gran jaula en la que en el centro hay colocada una escalera y sobre ella tiende de una cuerda unas cuantas bananas. Uno de los tres simios se percata de la fruta y corre y sube a por el manjar donde acto seguido, los etólogos disparan agua a presión sobre los dos chimpancés que se encontraban abajo.

Inmediatamente, los monos empapados establecen una relación causa-efecto donde si alguien toca la fruta prohibida, el castigo se contrae y por ello suben hacia el tercer mono y a golpes –como escarmiento- lo bajan de la escalera, donde los tres en el suelo gozan de paz y armonía.
Se decide remplazar a uno de los monos por uno que claro está, desconoce las reglas de la pequeña sociedad enjaulada y sin miedo ni valentía sube e intenta comer de tan rica fruta. No da tiempo a ello, los dos simios antiguos antes de que lo intente lo linchan a palos negándole el paso.

Los científicos no ansiados de lo descubierto, cambian a uno de los dos monos antiguos por otro nuevo que también desconoce el juego y cuya consecuencia final es la imposibilidad de subir a comer la fruta ante la amenaza de sus dos antiguos compañeros y por último se intercambia al último mono de la primera generación que como es normal, reacciona como sus antecesores: intento de subida y bajada forzosa por sus parientes.


Al cabo de unas horas, se encuentran los tres monos sentados en el suelo, mirandose unos a otros y mirando la fruta donde el último mono presentado en sociedad dice: “ ¿Por qué no me dejáis subir a por la fruta?” A lo que es contestado: “ Noje tio, aquí siempre se ha hecho ají”.

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