martes, 15 de octubre de 2013

Abandonada en la vejez. Porque todos tenemos algo que agradecer

Abandonada en la vejez. Porque todos tenemos algo que agradecer.

De tanto en cuando, tengo la oportunidad de hablar o mejor dicho de escuchar, las vidas pasadas de las viejecitas de la residencia donde más que trabajo vivo. Casi siempre expreso en mis escritos ocurrencias o anécdotas de acontecimientos que hacen reír a aquellos que las leen pero no son más que eso, anécdotas ya que la realidad, la verdadera y triste realidad nunca la cuento y creo, ha llegado el momento de hacerlo.

La gran mayoría de residentes con cuales vivo son mujeres, todas son únicas y especiales como las huellas dactilares no hay dos iguales pero casi todas, la gran mayoría comparten un común denominador.

Mujeres que han luchado por llevar la vida adelante, arreando una camada de hijos, soportando un trabajo no remunerado, vivieron las preocupaciones de la larga crianza de sus hijos sumando además, vivencias en periodos conflictivos como la República, la Guerra Civil, la transición y la democracia, soportando día tras día penalidades varias.

En principio, no es fácil escuchar los testimonios de estas mujeres ya que el dolor lo llevan muy adentro y la demencia no se lo pone nada fácil, pero si hablas con ellas en la intimidad reproducirán como en una novela bibliográfica sus más tristes historias, sólo ellas saben la verdad de sus vidas, analizadas en retrospectiva por uno que las escucha desde el principio de su existencia hasta el presente, uno comprende cuanto han guerreado y cuanto han sufrido en una vida que no les ha recompensado.

Grabado tengo en mi mente alguno de sus testimonios desgarradores: “ cada vez que mi marido era llamado al frente, sufría con puño en mano hasta que un día supe que no volvería” o “siendo yo pequeña, llamaron una noche a nuestra casa, vivía yo por entonces en la casa de la mayor de mis hermanas, unos hombres uniformados me despojaron de mi alma a mi cuñado y a mi hermana.”

Algunas sufrieron más que otras pero todas sufrieron con la carga de sus hijos, del trabajo y de la familia un esfuerzo invalorado de años de dedicación y sacrificio, todas lo hicieron “por ver reír a mis niños”, lo dieron todo por nada en un acto altruista desde el nacimiento de la vida, amor, el tiempo o el dinero.

Ahora que ya nada pueden hacer, la edad y el cansancio las ha incapacitado de ello, sufren solas y abandonadas. Por SORPRESA, descubren ahora que no es bidireccional su amor, dedicación y su tiempo. Los respectivos hijos de estas madres, no devuelven el préstamo recibido, en un acto de egoísmo la asilan en cómodos campos de exterminio a la espera pronta de su muerte, a la espera de la herencia miserable que les queda por recibir.

Con tristeza baja un enfermero a dar el pésame a sus hijos que desconoce y que nunca ha visto y descubre una familia en la que nadie llora en la que todas hablan como socios de una empresa, de la repartición del dinero.


A veces es necesario -a través de las vivencias de otra persona- mirar al pasado para comprender el presente y asimilar cuanto dan las mujeres a nuestra sociedad, cuanto dan las madres a sus hijos. Yo por ello, sabiendo que jamás voy a poder devolver todo lo recibido y prestado, digo al menos: Gracias Teresa Becerra Jimenez por darme una vida, por darme tu amor incondicional, por darme tu apoyo, el que tanto me ha ayudado.

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