Abandonada en la vejez. Porque todos
tenemos algo que agradecer.
De tanto en cuando, tengo la
oportunidad de hablar o mejor dicho de escuchar, las vidas pasadas de
las viejecitas de la residencia donde más que trabajo vivo. Casi
siempre expreso en mis escritos ocurrencias o anécdotas de
acontecimientos que hacen reír a aquellos que las leen pero no son
más que eso, anécdotas ya que la realidad, la verdadera y triste
realidad nunca la cuento y creo, ha llegado el momento de hacerlo.
La gran mayoría de residentes con
cuales vivo son mujeres, todas son únicas y especiales como las
huellas dactilares no hay dos iguales pero casi todas, la gran
mayoría comparten un común denominador.
Mujeres que han luchado por llevar la
vida adelante, arreando una camada de hijos, soportando un trabajo no
remunerado, vivieron las preocupaciones de la larga crianza de sus
hijos sumando además, vivencias en periodos conflictivos como la
República, la Guerra Civil, la transición y la democracia,
soportando día tras día penalidades varias.
En principio, no es fácil escuchar los
testimonios de estas mujeres ya que el dolor lo llevan muy adentro y
la demencia no se lo pone nada fácil, pero si hablas con ellas en la
intimidad reproducirán como en una novela bibliográfica sus más
tristes historias, sólo ellas saben la verdad de sus vidas,
analizadas en retrospectiva por uno que las escucha desde el
principio de su existencia hasta el presente, uno comprende cuanto
han guerreado y cuanto han sufrido en una vida que no les ha
recompensado.
Grabado tengo en mi mente alguno de sus
testimonios desgarradores: “ cada vez que mi marido era llamado al
frente, sufría con puño en mano hasta que un día supe que no
volvería” o “siendo yo pequeña, llamaron una noche a nuestra
casa, vivía yo por entonces en la casa de la mayor de mis hermanas,
unos hombres uniformados me despojaron de mi alma a mi cuñado y a mi
hermana.”
Algunas sufrieron más que otras pero
todas sufrieron con la carga de sus hijos, del trabajo y de la
familia un esfuerzo invalorado de años de dedicación y sacrificio,
todas lo hicieron “por ver reír a mis niños”, lo dieron todo
por nada en un acto altruista desde el nacimiento de la vida, amor,
el tiempo o el dinero.
Ahora que ya nada pueden hacer, la edad
y el cansancio las ha incapacitado de ello, sufren solas y
abandonadas. Por SORPRESA, descubren ahora que no es bidireccional su
amor, dedicación y su tiempo. Los respectivos hijos de estas
madres, no devuelven el préstamo recibido, en un acto de egoísmo la
asilan en cómodos campos de exterminio a la espera pronta de su
muerte, a la espera de la herencia miserable que les queda por
recibir.
Con tristeza baja un enfermero a dar el
pésame a sus hijos que desconoce y que nunca ha visto y descubre una
familia en la que nadie llora en la que todas hablan como socios de
una empresa, de la repartición del dinero.
A veces es necesario -a través de las
vivencias de otra persona- mirar al pasado para comprender el
presente y asimilar cuanto dan las mujeres a nuestra sociedad, cuanto
dan las madres a sus hijos. Yo por ello, sabiendo que jamás voy a
poder devolver todo lo recibido y prestado, digo al menos: Gracias
Teresa Becerra Jimenez por darme una vida, por darme tu amor
incondicional, por darme tu apoyo, el que tanto me ha ayudado.
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